Deberes de la Persona con el bien común

Deberes de la Persona con el bien común

P. Luis Pascal H. S. J.

 

Quiero agradecer la invitación que se me ha hecho para hablar sobre “los deberes de la persona para el bien común”. Esta pregunta refleja el interés de seguir buscando la verdad para investigar y analizar la problemática generada por el desequilibrio que intuimos entre la defensa activa que cada individuo ejerce para defender sus derechos propios y el silencio pasivo y sin compromiso que cada individuo mantiene cuando se trata de cumplir con sus obligaciones. En efecto, las manifestaciones sociales en el mundo entero muestran que se han incrementado las reivindicaciones para defender y obtener mayores derechos individuales o de agrupaciones sociales, sin considerar o hasta disminuyendo sus deberes. Presentaré, entonces, en primer lugar, cuáles son los deberes de la persona humana; en segundo lugar, expondré lo que comprende la noción de bien común; en tercer lugar, mostraré cuáles son los deberes de la persona para el bien común; y, en cuarto lugar las dificultades que provocan las nociones parciales del bien común.

Una visión verdadera de la dignidad de la persona humana descubre que ésta es un ser espiritual, responsable de sus actos y, por lo tanto, con deberes en la comunidad humana para el bien común. Es importante distinguir lo que es el individuo y lo que es la persona porque el deber existe a causa de la responsabilidad personal.

El individuo es un número más dentro de la masa, dentro de la multitud. Cuando usamos la palabra individuo hablamos “ex parte materiae”, consideramos que un sujeto es un miembro más del género humano. Y hasta podemos mencionar los derechos humanos de este ser. Esto es muy importante y debe ser respetado sin lugar a dudas, pero no abre nuestra inteligencia a lo más importante del ser humano: no significa que el ser humano es una persona digna, por naturaleza, de buscar la verdad y a amar a quien él quiere, a tener un bebé y educarlo, a tener amigos, a consagrarse a Dios.

La persona es responsable de sus actos y responsable de las otras personas, es decir, obligado para con ellas, en mayor o menor grado, a una reciprocidad según la modalidad de la relación personal que tiene por naturaleza o que establece por compromiso con los otros.

A partir de las siete dimensiones de la persona humana que se descubren en sabiduría filosófica, pueden identificarse correlativamente siete modalidades de deberes: (1) el deber de dar cuenta de sus decisiones a causa de su autonomía, razón que la hace responsable de sus actos deliberados y libres; (2) el deber de responder por el cuidado de su cuerpo, su salud y el ejercicio responsable de su sexualidad; (3) el deber de trabajar, ejercer un trabajo para sustentarse; (4) el deber de cuidar de su familia y sus amigos, de las comunidades a las cuales pertenece, de su país, de su entorno y de la naturaleza; (5) el deber buscar la verdad, bien que alimenta su espíritu; (6) el deber de actuar prudentemente, determinando y organizando un orden práctico de prioridades en un mundo cada vez más complejo; (7) el deber de orar y dar culto a Dios, su creador.

¿De estas obligaciones, cuáles son para el bien común? Para responder a esta pregunta me gustaría pasar al segundo punto de mi presentación, investigando con ustedes lo que es el bien común. En efecto, la segunda dificultad que presenta la pregunta que estamos tratando consiste en definir lo que es el bien común. No puedo pasar mucho tiempo en esta cuestión porque deseo que permanezca una pregunta abierta a ser esclarecida y respondida por cada quien en este Congreso. Me parece que es uno de los temas centrales de la búsqueda de la verdad a nivel comunitario y social y que merece continuar siendo estudiado minuciosamente. No obstante, me gustaría contribuir a nuestra investigación planteando algunas preguntas para despertar y orientar la reflexión y presentar un análisis filosófico de sabiduría según las cuatro causas necesarias de Aristóteles para proponer una noción completa de bien común.

Estas son las preguntas: ¿Cómo consideramos el bien común? ¿Acaso lo consideramos automáticamente o implícitamente como una realidad virtual, una realidad en potencia, una optimización de la disposición del condicionamiento, un poder eficaz o, por el contrario, pensamos que es una realidad en acto, una determinación, un compromiso, un servicio solidario? ¿Tenemos una visión materialista o eficiente del bien común? ¿En la familia, el bien común de los esposos, es construir su casa, producir ingresos o es el hijo, la prole, para quien tienen la primera responsabilidad de cuidar, educar y amar juntos? ¿Qué luz arroja esta pregunta sobre el bien común primordial de una sociedad: es la vida o es su territorio, es respetar los procesos de desenvolvimiento vital o es buscar ocupar mayores espacios de poder?

Me gustaría comenzar a dar elementos de respuesta a estas preguntas a partir del pensamiento de Aristóteles en el primer libro de la Política. Para Aristóteles, el ser humano es un ser social por naturaleza y explica que la razón de nuestra existencia en comunidad es sobrevivir y más aún, vivir, y todavía más, vivir bien. Entonces, para el Filósofo por excelencia, el bien común es vivir, defender y cuidar la vida, cualificarla principalmente con las virtudes. Y ¿qué es vivir? ¿Vivir es una materia o una forma? ¿Vivir virtuosamente es vivir más plenamente y mejor? ¿Qué significa para la noción del bien común que la forma es acto con respecto a la materia pero potencia con respecto a la finalidad? ¿Cómo perfecciona el bien, dando vida? ¿Qué es la felicidad, una comunión de vida con los bienes eternos, con la verdad perene?

Vislumbramos ya que una visión materialista, estática y cosificada del bien común es necesariamente parcial por cerrarse a la vida, la cual es la finalidad y el bien común de la comunidad humana.

Además comprendemos claramente que el bien común es una noción compleja tanto como la noción de vida. Recuerden que para Aristóteles en el libro De Anima, el alma no es solamente causa formal, la forma sustancial del ser humano, que informa el cuerpo, sino también causa eficiente de moción inmanente y, además, causa final: vivimos para vivir mejor, para mejorar nuestra vida viviendo virtuosamente y, así, ser verdaderamente felices.

Analógicamente, si el bien común es la vida, entonces se entiende según tres causas: según la causa formal, el bien común es el orden orgánico de la organización social, sus leyes y estructuras institucionales para la vida de todos y cada uno de sus miembros; según la causa eficiente, es el bienestar social generado por la producción de bienes y servicios; y según la causa final, es vivir bien y vivir en paz, es la vida virtuosa que alcanza el bien que la hace plenamente feliz. La preocupación de nuestro querido Papa san Juan-Pablo II que decía que estamos inmersos en una cultura para la muerte, que destruye las comunidades de vida y deforma así al hombre, fragilizándolo hasta destruir su dignidad de persona, desvinculando la causa formal y la causa eficiente de la causa final, o colocando esta última relativa a las dos primeras. Se trata de una perspectiva sin sabiduría, desordenada y mala porque no ve o no quiere ver la causa final, el amor y el bien, como causa de las causas.

En tercer lugar, podemos afirmar que el deber de la persona humana para el bien común es propiciar la vida comunitaria: en el “agere” (la solidaridad), en la entrega solidaria de uno mismo a los otros dando, defendiendo, cuidando y desarrollando la progenitura y la vida y ordenándolas prudentemente y virtuosamente al bien y a la verdad; en el “facere” (la cooperación), en la organización eficaz de las relaciones de trabajo y en la cooperación para producir y conservar bienes y servicios materiales y de salud pública, de educación y culturales, de manera sostenible y necesarios para vivir bien.

Las filosofías de Platón y Aristóteles abordan las cosas de manera muy diferente en cuanto a los deberes de las persona para bien común. Platón, principalmente en La República considera la comunidad como un conjunto de individuos unidos por necesidad en la medida misma en que el Estado necesita organizar la relaciones de los unos para con los otros para el orden de la comunidad. Podemos entrever una univocidad que crea una justicia artificial (absolutizando el “facere”) en la que cada uno recibe exclusivamente del Estado una asignación, un papel, en la comunidad; cada potencia y capacidad individual siendo educada y orientada para buscar el orden y el desarrollo de la comunidad en su conjunto, sin considerar la dignidad personal de cada quien, capaz de comprometerse y de responsabilizase y sin considerar que existe la formación natural de familias y de agrupaciones por la esencia política del ser humano. Con Platón, se llega entonces a la conformación artística de un Estado que tiende a concretizarse en una utopía totalitaria.

Para Aristóteles, al contrario, la comunidad humana consiste antes que nada en una puesta en común, en una koinonía, constituida naturalmente en vistas de sobrevivir y no solamente de sobrevivir, sino también de vivir bien. Entonces, su visión es completamente diferente, puesto que, si las comunidades humanas se distinguen unas de otras, es antes que nada en función de un bien humano para el cual los miembros de cada comunidad cooperan responsablemente, según sus obligaciones, unos con otros, a este fin que es el vivir bien. Es en vistas de este bien que la autoridad existirá y se ejercerá sobre las personas, para estar al servicio de la vida. Así, la verdadera finalidad de la cooperación de las personas es la obtención para cada uno de un bien personal que lo finaliza dándole vida o realizándolo. Esto es lo que da a la comunidad política su cualidad tan particular: la de ser un medio de vida ordenado a vivir bien; no solamente a sobrevivir pero a vivir bien. Esto cobra su mayor sentido en función de la finalidad de las personas. El bien común no es entonces el fin último del ser humano, sino una forma de vida que respeta, alienta y cualifica su dignidad espiritual de deliberación y compromiso para alcanzar su finalidad personal. Pero el bien común es también un fin: que cada uno cree, sirva, cuide y proteja la vida con responsabilidad y compromiso para que cada una de las personas que constituyen la comunidad, viva y conquiste su felicidad, comprometiéndose primeramente con el bien humano personal que la finaliza: el cónyuge, escogido por él mismo, y también el Creador, persona primera adorada, amada y contemplada, fuente de toda vida y de vida eternamente feliz para la persona humana. Este compromiso con la persona del cónyuge y con Dios, implica necesariamente un compromiso personal a favor del bien común porque el bien común es cuidar la vida de todos, es decir, de cada persona para que cada una viva bien, finalizada, es decir entregada al bien personal que elige deliberadamente y responsablemente, en un amor mutuo. En otras palabras, la felicidad es una relación de comunión cualitativa con los otros, con el amigo y con Dios, según la naturaleza del compromiso con cada uno de ellos.

Por otra parte, es importante mantener una visión integral, según las cuatro causas aristotélicas, de los deberes de la persona para el bien común, que es la vida en sociedad. La exigencia del romanticismo a favor de un vitalismo que considera la fuerza vital como un derecho, sin su contrapartida implícita de compromiso y responsabilidad y, por lo tanto, de deberes y obligaciones, condujo, en parte, a Alemania a la inconsciencia de votar a favor del Nacional Socialismo. La utopía marxista del comunismo provocó la dictadura del proletariado estaliniana y la imposición de un totalitarismo basado en el terror y en la supresión de los deberes y las responsabilidades de las personas, reduciendo así sus derechos a la capacidad de producir y consumir materialmente lo indispensable para sobrevivir eficazmente.

Entramos así en el corazón de la cuestión planteada en esta conferencia: en sabiduría filosófica, una visión del ser humano que lo considera únicamente en sus derechos sin considerar sus deberes, es una mirada parcial de la condición humana. Primeramente, es materialista porque considera al ser humano como un individuo sin su dignidad personal. Segundo, reduce el bien común a la causa material, a ser una disposición del condicionamiento, y no alcanza a considerar que el objeto formal de la comunidad es la vida ordenada al bien personal. Tercero, coloca un orden de poder y de fuerza en vez de colocar un orden de sabiduría orientada al amor. Una visión que se fija exclusivamente los derechos del ser humano abstrayéndose de considerar sus deberes personales conduce a la afirmación de Thomas Hobbes que dice que “el hombre es el lobo del hombre”, es decir, a la ley del más fuerte o del más poderoso o del más capaz, sin espacio para la solidaridad. Una visión así, propia de la filosofía moderna, establece al hombre como una red de relaciones de poder que busca tener derechos cada vez mayores y reduce el bien común a la causa eficiente. El propósito político sería entonces entrar en esa red para tener poder y el problema es que tener poder por tener poder no es una finalidad digna del ser humano. Para Rousseau, la sociedad establece un Contrato Social para regular estas relaciones de poder. Pero, a la luz de nuestro análisis, notamos claramente que no es adecuado usar la palabra “contrato” para una comunidad de vida, y que “alianza” sería un término que la caracterizaría mejor, porque no se trata de regular los poderes de los individuos que tienden a exacerbarse y a entrar en conflicto, sino a permitir la subsidiaridad y la solidaridad según las distintas responsabilidades de cada una de las personas.

Antes de terminar, me gustaría proponerles una analogía científica significativa para ilustrar la reducción de los derechos de los individuos por la causa eficiente: la fisión nuclear muestra esa sed de poder y de energía: destruyendo la forma del átomo, genera poderosamente mucha energía, pero únicamente energía, sin informar nuevamente esa materia, sin un proyecto creativo similar al de un artista y dejando desechos inmanejables y peligrosos para la vida. La exigencia abusiva de derechos ha destruido la dignidad humana para reducirlo a una fuerza eficiente de poder.

Resumiendo, considerar al ser humano como un individuo con derechos, sin mostrar los deberes que estos implican, corta a la persona de su verdadera finalidad, que es siempre un bien en acto. Esto lo consigue porque propone un orden contrario a la sabiduría filosófica, colocando en primer lugar una realidad en potencia (material, virtual, imaginativa o inconsciente) y estableciendo el incremento del poder como un principio político, destruyendo así la vida.

No considerar los deberes de la persona y cortarla de la bondad, impidiendo el ejercicio de su libertad para realizar un bien en acto y proponiéndole a cambio poder y mayores posibilidades de libertad virtual, es lo que nos aconteció en el siglo XX y corremos el riesgo de que nos siga aconteciendo. Estamos seducidos por el poder y no podemos ver que la potencia, para ser buena, para ser creativa, para ser una fuerza de vida y de realización debe estar ordenada a una realización en acto y no a una potencia mayor. Cuando esto sucede, se destruye a ella misma para desnaturalizarse y no ser más que potencia de poder. Como vimos, es exactamente lo que acontece con la fisión atómica. Afortunadamente no hemos llegado a estos extremos porque las personas actúan ética y moralmente, rebasando la ley, más allá del poder, para respetar la vida y vivir el amor; para adorar a Dios y recibir su misericordia con gratitud y responsabilidad.

Hoy no traté la cuestión del bien común a nivel de las sabidurías teológica y mística. La mayor inteligibilidad del bien común es el misterio de la iglesia como sacramento de salvación universal, signo eficiente para la vida eterna por la misión del Verbo. El deber de la persona cristiana es entonces formalmente, su identificación con Jesucristo, víctima, sacerdote y rey, comprometido a vivir el evangelio. Místicamente, el bien común es la vida del Espíritu Santo en todos nosotros, vida de comunión de la humanidad con Dios que nos amó primero a todos, que es fuente de amor universal, que por ser absolutamente trascendente es el más inmanente a cada uno que uno mismo. El deber de la persona cristiana es entonces finalmente, su santidad, cuidar la vida de la gracia que es Dios que se da. Gracias.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *